Comentarios de Medicina integrativa

¿Qué hay que saber?

Una de las mayores desventajas de la MTAC es la carencia de metodologías de investigación aceptadas para evaluar las intervenciones complejas a la hora de tratar las enfermedades crónicas –especialmente cuando un mismo individuo padece dos o más– o, al menos, a la hora de prevenir su empeoramiento. Como se ha puesto de manifiesto en el apartado anterior, poco se sabe de la eficacia y de los efectos secundarios de muchas de las intervenciones y de las prácticas específicas de la MTAC. De la misma manera, tampoco hay demasiadas pautas sobre cómo evaluar el impacto de ninguna intervención de la MTAC en personas sanas.

Todavía quedan muchos retos socioeconómicos sin afrontar. Unas campañas masivas de marketing superdesarrolladas invitan y seducen a los consumidores a volver a sus orígenes, apelan al gran público para que vuelva a la naturaleza, sin tener en cuenta las innumerables diferencias entre la antigua sociedad natural campesina y agrícola de entonces, y las cadenas de distribución orientadas a la tecnología e industrializadas de hoy en día. No parece que las agencias gubernamentales, y las asociaciones profesionales y las de consumidores existentes puedan hacer nada para proteger al público de los mercaderes sin escrúpulos de MTAC, al tiempo que promocionan el acceso a los productos beneficiosos.

Otra serie de desafíos tienen una naturaleza social. Nos hemos convertido en una sociedad que cree que tiene derecho a una cura para cada enfermedad independientemente del descuido al que sometamos el cuerpo o del mal uso que le demos. Estamos dispuestos a pagar por pastillas y por terapias para curarnos de enfermedades que nosotros mismos nos provocamos y que, en gran medida, son el resultado de nuestra gula y de la vida sedentaria y llena de estrés que llevamos. Queremos soluciones rápidas para los problemas sin importar si las entendemos o no, pero a lo que no estamos dispuestos es a correr ningún riesgo o a participar en una investigación que pueda hacernos comprender mejor los riesgos o los beneficios. Queremos que nos protejan de los chamanes sin escrúpulos, pero luego desconfiamos de todas las instituciones que creamos para protegernos y nos dedicamos a conspirar contra ellas.

La medicalización se podría definir como el proceso según el cual los problemas extramédicos acaban determinados y tratados como si fueran médicos. Algunos ejemplos son el nacimiento, la menopausia y la obesidad. En menor medida, la desmedicalización se puede definir como el proceso según el cual una enfermedad o un proceso de vida bajo autoridad médica se reconsidera de modo que ya no se tiene por un problema médico y por tanto ya no requiere la intervención de los facultativos. Históricamente, la homosexualidad se habría incluido en este contexto. ¿Y el envejecimiento? Incluso en ausencia de enfermedades crónicas, el proceso del envejecimiento conlleva morbilidades físicas, traumas emocionales como la aflicción, y problemas sociales como la soledad. ¿Se han medicalizado estos problemas? ¿Existen intereses financieros que nos llevan a hacer más el daño que el bien, por ejemplo convirtiendo los síntomas asociados a los procesos normales del envejecimiento en nuevas enfermedades que necesitan de tratamiento? Si es así…

La literatura médica señala dos formas de afrontar a nivel individual una enfermedad crónica: una progresiva, o de aceptación y otra regresiva, o de no aceptación. Un estudio que evaluaba la vida de los pacientes con cardiopatía isquémica desde sus propias perspectivas reveló que los participantes que mostraron una actitud progresiva y de aceptación hacia la vida obtuvieron un nivel de rehabilitación mejor que aquéllos con una actitud regresiva y de no aceptación (78).

El planteamiento judeocristiano del sufrimiento implica aceptación y afrontamiento, en el concepto más amplio de objetivo perfecto o superior. El sufrimiento es pasajero y alberga una perspectiva eterna.

Aceptar las enfermedades crónicas como parte de la vida puede impactar no sólo en su tratamiento sino también en la percepción que se tiene de ellas como carga. La actitud de una persona, así como su espiritualidad, sus valores y sus pensamientos influyen en las experiencias tanto de la salud como de la enfermedad. Esto depende de factores como la irreversibilidad de la enfermedad, la disponibilidad de la tecnología médica para mejorarla, el deseo de la persona para vivir una vida plena, y de un enfoque realista de la vida y de la muerte. Cuando se enfrentan a enfermedades traumáticas o crónicas, los pacientes pueden sentir la necesidad de comprender sus propias experiencias en el contexto de sus creencias espirituales. Para una desmedicalización significativa de la asistencia puede que hiciera falta incorporar prácticas espirituales culturalmente apropiadas al tiempo que se administra la atención sanitaria de manera holística e integral.

Los entornos saludables, las ciudades sanas en particular, donde vive la mayoría de la población mundial, son el centro de los programas de la OMS que tienen por objetivo reconocer que las personas son una parte integral del ecosistema terrestre y que su salud está por tanto irrefutablemente ligada al medio. 

Un entorno saludable podría no sólo ayudar a prevenir enfermedades crónicas complejas sino que podría resultar esencial para tratar estas patologías con estrategias naturales. La mayoría de las personas con varias enfermedades crónicas tienen una edad avanzada. Las ciudades podrían adaptar sus estructuras y sus servicios para ser más accesibles no sólo para los ancianos sino también para las personas con minusvalías. Para ello se hace necesaria la acción de comunidades pertenecientes a otros sectores además del sanitario. Los planes urbanísticos podrían incluir más espacios al aire libre, y viviendas y transporte adecuados para fomentar la participación social y para proporcionar instalaciones sanitarias con un acceso cómodo (79).

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